31 de diciembre. Última noche del año. Noche de buenos propósitos para el año que entra, a sustituir éste que sale. Una noche especial y, como no podía ser de otra forma, rodeado de mi familia, de los seres a los que más quiero en esta vida, con los que sería capaz de pasar horas y horas, discutiendo con mi madre sobre qué mantel poner para la cena o con mis sobrinas sobre qué poner en la tele.
Siento no haber podido contar lo que he vivido desde el otro día. Me ha sido imposible sacar tiempo. De aquí para allá, siempre rodeado de la mejor compañía posible, mi familia y mis amigos. Pero ya que he encontrado unos minutos para poder escribir, quiero dejar aquí plasmado lo ocurrido en estos días atrás, días en los que me he sentido protegido por mi gente, por mi Málaga.
Todos los años, el 28 de diciembre, me levanto todavía adormecido sin ser consciente del día en el que estoy. Sí amigos, yo también soy de los que sufren alguna que otra inocentada y de los que las gastan, para qué os voy a mentir. Nada más despertarme ya está mi hermano Salva preparado para jugármela de buena mañana. Es increíble mi hermano, cómo me lía siempre. Después de un cruce de inocentadas con la familia y los amigos, llego a la conclusión de que sí, soy un gamberro, me encanta gastar bromas; me encanta ir a comprar el pan y gastar la broma del billete falso, o la broma de los insectos con mi hermana Casilda. No sé cómo lo hago pero, siempre nos reímos todos, aunque las bromas se repitan cada año.
Pero vuelvo a la noche de hoy. Toda la familia preparada, reunida en casa. Noto que mi madre está feliz por tenernos a todos para terminar este año y comenzar el siguiente juntos. La mesa ya está preparada, las copas en su sitio, los platos, las servilletas... vamos, todo está en su sitio, colocado con la ayuda de toda la familia, con todo nuestro cariño, entre sonrisas mutuas.
Recuerdo con cariño las nocheviejas de mi infancia, son tan parecidas a ésta... Aunque claro, la familia no tenía tantos miembros como ahora, las peques no estaban. Pero volviendo a mis recuerdos de la infancia, todavía parece que estoy viendo los preparativos que mi madre hacía y continúa haciendo las tardes de cada 31 de diciembre. Todo el día metida en la cocina preparando con amor cada plato que íbamos a comer aquella noche. Recuerdo cómo cada vez que mis hermanos o yo entrábamos a la cocina mi madre nos daba alguna cosilla para que probáramos la comida, esas comidas... como las voy a echar de menos cuando esté de viaje... definitivamente no hay nada como la comida hecha por una madre, sencillamente no la cambio por nada en el mundo. También siguen en mi memoria, sin moverse, los momentos de indecisión para saber en qué cadena escuchar las campanadas, ya que, cada miembro de la familia quería escucharlas en una cadena diferente, así somos, nunca nos ponemos de acuerdo...
Finalmente llegaba la noche y todos nos reuníamos como lo haremos esta noche alrededor de la mesa, cenábamos tranquilos, aunque confieso que yo algo nervioso, será porque esa noche vivimos pendientes del reloj, la llegada de las 12 hace que todos estemos expectantes a la llegada de esa hora. Sí, esa hora, las 12, y con ella las doce campanadas, acompañadas de las típicas 12 uvas, y sí, yo también soy de los que les entra la risa tonta y, a veces, por no decir casi siempre, se atraganta.
Tal vez sean esos momentos de atragantamiento, momentos de miradas entre miembros de la familia, risas y sonrisas, los que hagan especial el cosquilleo en el estómago que sentimos cuando se aproxima la hora. La hora en la que otros 366 días y 366 noches vienen de camino, días de felicidad, tristeza, amor, odio... Pero, seguramente, será la compañía en la que estoy la que me haga sentir tan feliz. Tan feliz como una perdiz. Sí, Pablete y sus locuras...
Finalmente llegaba la noche y todos nos reuníamos como lo haremos esta noche alrededor de la mesa, cenábamos tranquilos, aunque confieso que yo algo nervioso, será porque esa noche vivimos pendientes del reloj, la llegada de las 12 hace que todos estemos expectantes a la llegada de esa hora. Sí, esa hora, las 12, y con ella las doce campanadas, acompañadas de las típicas 12 uvas, y sí, yo también soy de los que les entra la risa tonta y, a veces, por no decir casi siempre, se atraganta.
Tal vez sean esos momentos de atragantamiento, momentos de miradas entre miembros de la familia, risas y sonrisas, los que hagan especial el cosquilleo en el estómago que sentimos cuando se aproxima la hora. La hora en la que otros 366 días y 366 noches vienen de camino, días de felicidad, tristeza, amor, odio... Pero, seguramente, será la compañía en la que estoy la que me haga sentir tan feliz. Tan feliz como una perdiz. Sí, Pablete y sus locuras...
Por fin comienza la carrera de comer las doce uvas, una detrás de otra, sin tener apenas tiempo para respirar; comerlas entre los "TANG" y "TANG" de las campanas... Y llega el momento del confetti, los globos, los "¡Feliz año nuevo!" que nos deseamos mutuamente, los abrazos y los besos.
Necesito sentir el cariño de mi familia de nuevo, sentir cómo están conmigo en cada momento: momentos duros, apoyándome y transmitiéndome toda su energía positiva, y disfrutando a mi lado de los mejores momentos... Siempre juntos.
Empieza el 2012, y con él siento que quiero más a mi familia si cabe. Con el pensamiento de ese cariño se me dibuja una sonrisa en mi cara. Me arrodillo en frente del árbol de Navidad, aquél que hemos decorado entre todos, abro los brazos, y abrazo a mis niñas, mis sobrinas. Sintiendo sus bracitos en mi cuello, sus sonrisas en mi cara y mi amor por ellas de por medio, vuelvo a soñar despierto...
No hay comentarios:
Publicar un comentario