sábado, 7 de abril de 2012

1 de enero. Qué caro es el tiempo...


 De nuevo encuentro unos minutos para escribir lo que me está ocurriendo. He dado la bienvenida a este 2012, rodeado de mi familia y de mis amigos. Tras el tradicional brindis por el año nuevo, salí con mi otra familia, mis amigos de toda la vida, aquellos que me han acompañado y han estado siempre ahí, tanto en los buenos como en los malos momentos. Los conozco desde que teníamos más o menos 7 añitos, aquél entonces cuando lo único que nos preocupaba era que llegáramos a tiempo a casa para poder ver nuestros dibujos animados favoritos; aquél entonces cuando recorríamos Málaga, corriendo, imitando el ruido de los aviones; aquél entonces cuando éramos felices.
      Me vestí para salir. Abrí el armario y saqué el traje negro, camisa blanca y corbata azul. Empecé a vestirme mientras comencé a recibir mensajes en el móvil del tipo "Pablo ¿te queda mucho?, mira que tardas en vestirte, ni que fueras una mujer". Está bien, reconozco que soy algo tardón, casi siempre llego tarde a todos los sitios, pero dicen que lo bueno se hace esperar... ¿no?.
     Salí de mi habitación listo para ir a la fiesta de año nuevo. Pasé por el salón para despedirme de todos y las peques se me acercaron, corriendo, mientras me decían "Tío Pablo guapo". Al oír aquellas palabras de la boca de mis princesitas, sonreí, aquellas dos chiquillas son mi debilidad.
     Me despedí de todos y bajé a la calle. Todos me estaban esperando, será que todos los demás se adelantan siempre...
     Llegamos al local y comenzó la fiesta, música, copas y amigos ¿se puede pedir más?. Tal vez yo necesite algo más, tal vez la necesite a ella. Intenté no rayarme con la idea y disfrutar de la noche. Aquél local era al que íbamos en la adolescencia, esos sábados a la noche cuando pasabas de todo y lo único que te importaba era divertirte. Por aquél entonces yo tenía a alguien especial a mí lado, y es por ello por lo que me vienen tantos pensamientos y tantas reflexiones sobre el amor. 
     Pasaban las horas y el alcohol comenzaba a mostrar sus primeros efectos. Como a todos nos pasa alguna vez, unas cuantas copas de más hacen que te sueltes, y así lo hice: para cuando me quise dar cuenta, aún me río al recordarlo, me veo con la corbata atada a la frente, bailando al son de las canciones que sonaban durante toda la noche.
     Pasaron las horas y se hizo de día. Tal vez la palabra con la que puedo calificar esa noche sea ÚNICA, comenzó un nuevo año cargado de ilusión y ganas de trabajar, aunque en estos momentos en los que el alcohol ha hecho mella en mí, tal vez no sean los más adecuados para trabajar... 
     La fiesta tocó su fin y todos volvimos a nuestras respectivas casas. Para cuando llegué, mis padres estaban en la cocina; llegué justo a tiempo para el desayuno. Tomé algo rápido y me fui directo a la cama. Estaba agotado, agotado pero feliz, la vida me está sonriendo en estos momentos.
     Dormí un par de horas y me he levantado justo para comer. Me he dado una ducha rápida y me he sentado a la mesa. Hemos comido en familia, como cada 1 de enero. ¡Es cierto! Ya estamos a enero, y eso me recuerda algo, se aproxima la fecha de reyes. 
    Hemos terminado de comer y mientras las peques están echando la siesta en una habitación, he aprovechado para dejar caer el tema de los regalos de las peques. Aunque participo en el regalo colectivo, me gusta sorprenderlas con un regalo más, y es por eso que mi cabeza, algo resacosa todavía, empieza a pensar en cómo hacer que mis niñas sean felices, ya que a ellas les debo parte de mi felicidad interna.
     Quiero pensar en algo ingenioso para regalarles ya que, en estas fechas tan señaladas hay que hacer detalles que no se olviden nunca; detalles que en cuanto los veas digas: "Qué feliz soy por haber recibido esto". 
     Antes de escribir un rato y contar todo lo que he hecho hoy, que es lo que ahora estoy haciendo, he decidido ir a pasear por mi Málaga, para poder pensar un rato y decirle "Hasta luego", ya que es hoy cuando me he acordado de que pronto tengo que irme a Madrid para empezar a preparar la Gira de Invierno de este año y promocionar nuestro segundo disco... 
     Me da mucha pena tener que irme de mi tierra, separarme de mi gente, ya que, después de los días anteriormente vividos, siento una cierta melancolía dentro. Pero sé que volveré; no sé cuándo, pero lo haré, simplemente porque necesito sentir el aroma del mar de Málaga en momentos en los que no estoy muy por la labor de poder estar contento. 
     Después de decidir los regalos que vamos a comprar entre todos, y aún sin pensar en el mío propio, me he cogido las gafas de sol y me he embarcado en el recorrido de mi tierra.
     He decidido ir pronto, después de comer, para no encontrarme con mucha gente. Es inmenso el cariño que recibo, eso es verdad, pero también es verdad que a veces prefiero estar solo o tener mi propia tranquilidad para poner cada cosa en su sitio y aprovechar mis caminatas.
     He comenzado parándome en la plaza. Aquella plaza me trae muchos recuerdos, ya que ahí era donde jugábamos con el balón cuando eramos niños, después del colegio, y donde mi madre nos venía a buscar al atardecer, para volver a casa y cenar con todos. Es como si estuviera viendo ahora mismo cómo Salva le pega al cristal de la casa con el balón y salimos corriendo para que no nos pillen. O cómo algunos de mis amigos se pillaban rabietas porque nosotros éramos los que ganábamos siempre. Hay que ver... Lo bien que me lo pasaba jugando al fútbol de pequeño y lo pato que he salido para ello ahora... Cómo cambian las cosas...
     Después de despertar de ese sueño que he tenido despierto, he seguido caminando hasta llegar a la antigua heladería, aquella a la que llevábamos a las chicas para poder invitarlas a un helado en verano, después de haber estado en la playa, con el sol abrasador bronceando y secando nuestra húmeda piel, dándose a ver el salitre. Es increíble lo feliz que era con catorce o quince años... Tenía a una chica maravillosa a mi lado, atenta, y con la que tenía una complicidad inmensa, ya que a ella también le apasionaba la música tanto como a mí.
     Dejo atrás la heladería, el kiosco, varias personas que se han parado para saludarme y conversar unos minutos conmigo, para dirigirme a la playa de la Malagueta. Pero no a la zona que todos conocen... Me dirijo a un rincón a la sombra de un par de palmeras, las que cubren un banco de piedra. Es una zona que muy poca gente conocemos, ya que está detrás de las rocas del espigón, como si de una "cueva" se tratase. En verano se está muy bien, ya que la brisa marina acaricia la piel suavemente, y la sombra evita que el sol te moleste. Pero, no os creáis, me acuerdo que muchas veces acudíamos a ese sitio en invierno, en días lluviosos, ya que, debido al gran tamaño de las hojas de las palmeras, uno no se moja ahí debajo. No era un lugar al que acudías con tus amigos, no; era un lugar al que acudías con tu chica en momentos en que sientes la necesidad de hablar, de estar con ella o de simplemente recibir un abrazo y que nadie te diga nada.
     Me he sentado en el banco y muchos recuerdos han empezado a aterrizar en mi cabeza, junto a los rayos de sol que la palmera tapa. Recuerdos que, en parte, me dan una dulzura exquisita en el corazón, pero, por otra, recuerdos que duelen. Me acuerdo que éste es el banco al que traje a una chica muy importante para mí. Éste es el lugar en el que le declaré mi amor a aquella chica aquella tarde lluviosa de marzo. Recuerdo la salida del colegio y ese: "¿Podemos hablar, por favor?" tan tímido que le dije en cuanto la ví. Ella me sonrió, con sus ojos azules brillantes. La llevé allí y, después de secarnos un poco y haber hablado, le solté todo lo que mi corazón y yo sentíamos por ella...
     Aquellos recuerdos también me traen a la mente que puede que en aquél entonces fuera más fácil darle paso al amor, ya que había más tiempo para disfrutar de él. Ahora, en cambio, yo sigo buscándolo con todas mis fuerzas, pero sin forzarlo, así sería peor...
     Entre estos pensamientos con el nombre de "Amor" grabado, decido dejar a un lado el banco de piedra en el que le dí la mano, y tumbarme en frente, en una roca que me servirá como hamaca. 
     Tumbado en aquella roca, con los ojos cerrados, el corazón latiendo a mil por la sensación tan extraña que me corroe, me sumerjo en un mundo: en el mío, en el de ella y en el de que quizás, algún día, será nuestro.

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