6 de enero, vaya una fecha, me encanta este día del año. Los buenos propósitos todavía se están llevando a cabo y como no, hoy es día de ilusiones, risas y por supuesto caras felices.
Me he levantado temprano, las peques todavía estaban durmiendo. He preparado los regalos debajo del árbol y me he dirigido a la cocina. Mis padres y mis hermanos ya estaban preparando el desayuno. Cómo me gusta este día, el aroma del chocolate preparado por mi madre impregna todas las estancias de la casa, el olor de los churros que prepara mi hermana se nota desde el piso de arriba...
Todos estábamos expectantes a que las peques se despertaran, y, tal y como esperábamos no han tardado en salir de la habitación corriendo por el pasillo hasta el salón.
Nos hemos dado cuenta de que se han despertado y todos nos hemos apresurado al salón. Mis princesitas han empezado a dar saltos y gritos de alegría "¡Los Reyes, han venido los Reyes!". Es increíble la energía que nos transmiten a todos desde buena mañana. Se levantan llenas de energía y la felicidad y alegría que llevan es la que nos hacen sentirnos orgullosos de ellas a todos.
A todos se nos dibuja esa sonrisa en la cara, felicidad y complicidad a la vez. Todos los años, desde que mis sobrinas nacieron, esperamos este día con ansias, ya que nos alegra mucho verlas tan felices. Su felicidad es parte de la nuestra y siempre queremos verlas así.
Poco a poco mis niñas, porque son mis niñas, han ido abriendo los regalos: muñecas, peluches, algún trocito de carbón dulce... Hasta que por fin ha llegado el momento en el que han abierto el regalo que les he hecho, ese detalle que se me ocurrió regalarles el otro día, mientras estaba tumbado en la Malagueta. El grito de alegría de ambas me hace pensar que les ha gustado. Dos peluches exactamente iguales, dos enormes dragones. Uno rosa y el otro amarillo. Los vi en la tienda y no lo pensé dos veces, quería hacer felices a las reinas de mi vida y parece ser que el Tito Pablo lo ha conseguido un año más. Todos los años les regalo cosas que no se esperan, ya que esos detalles son los más bonitos que hay, y me da la sensación de que cada año les va gustando más y más.
Ese momento en que el salón está lleno de envoltorios de regalo, y ellas no saben con qué juguete empezar a disfrutar del día, es un momento mágico para mí. Sus ojos brillan de felicidad, están radiantes, más bonitas que nunca, disfrutando de todos y cada uno de los regalos, enseñándose los regalos la una a la otra, alucinando en colores.
Entre todos hemos ayudado a poner la mesa; nos hemos sentado y hemos empeazdo a desayunar. Las caras de las peques reflejaban felicidad absoluta y eso hace que yo sienta una felicidad interna difícil de expresar con palabras. Estaban sentadas la una al lado de la otra, disfrutando del chocolate calentito que les ha hecho la abuela, ensuciándose los morritos por la velocidad en que se lo beben.
Recuerdo la tarde anterior, la tarde de la cabalgata, las calles de mi Málaga se llenan de ilusión, todos los niños impacientes por ver a los Reyes Magos, felicidad y nervios son el fiel reflejo de sus emociones ese día. Todos saltando, gritando, felices. Poco a poco comienzan a desfilar ante sus ojos Sus Majestades y la alegría de los más pequeños se dispara y con ella, la de los adultos que viven con más ilusión, si cabe, este momento mágico para todos los niños. Todos los pequeños se mueven de un lado para otro, corriendo, para coger la mayor cantidad de chucherías.
Es en este momento cuando mi mente viaja atrás en el tiempo, vienen a mi memoria recuerdos de mi infancia y de mi adolescencia no tan lejana. Recuerdo cómo de chicuelo, esa tarde, la tarde del 5 de enero, era una de las más esperadas. Mis hermanos y yo nos colocábamos delante para poder coger el mayor número de caramelos posible. Recuerdo los nervios cuando se aproximaba el desfile hasta donde nos encontrábamos. Recuerdo esos momento y no puedo evitar dibujar una sonrisa en mi cara. Una sonrisa que también refleja una pizca de melancolía al recordar la felciidad que vivía cada tarde, cada año.
Como no, también recuerdo con añoranza esas noches de cada 5 de enero, nada más cenar nos íbamos todos a la cama, era una noche en la que apenas podíamos conciliar el sueño, y deseábamos con todas nuestras fuerzas que el sol hiciera acto de presencia. Teníamos ganas de chasquear los dedos y que se hiciera de día para disfrutar de los regalos, descubrir qué nos habían traído los Reyes. Pero ese momento de dormir era imposible, lo pasábamos pensando en qué íbamos a desenvolver a la mañana siguiente.
Me he levantado temprano, las peques todavía estaban durmiendo. He preparado los regalos debajo del árbol y me he dirigido a la cocina. Mis padres y mis hermanos ya estaban preparando el desayuno. Cómo me gusta este día, el aroma del chocolate preparado por mi madre impregna todas las estancias de la casa, el olor de los churros que prepara mi hermana se nota desde el piso de arriba...
Todos estábamos expectantes a que las peques se despertaran, y, tal y como esperábamos no han tardado en salir de la habitación corriendo por el pasillo hasta el salón.
Nos hemos dado cuenta de que se han despertado y todos nos hemos apresurado al salón. Mis princesitas han empezado a dar saltos y gritos de alegría "¡Los Reyes, han venido los Reyes!". Es increíble la energía que nos transmiten a todos desde buena mañana. Se levantan llenas de energía y la felicidad y alegría que llevan es la que nos hacen sentirnos orgullosos de ellas a todos.
A todos se nos dibuja esa sonrisa en la cara, felicidad y complicidad a la vez. Todos los años, desde que mis sobrinas nacieron, esperamos este día con ansias, ya que nos alegra mucho verlas tan felices. Su felicidad es parte de la nuestra y siempre queremos verlas así.
Poco a poco mis niñas, porque son mis niñas, han ido abriendo los regalos: muñecas, peluches, algún trocito de carbón dulce... Hasta que por fin ha llegado el momento en el que han abierto el regalo que les he hecho, ese detalle que se me ocurrió regalarles el otro día, mientras estaba tumbado en la Malagueta. El grito de alegría de ambas me hace pensar que les ha gustado. Dos peluches exactamente iguales, dos enormes dragones. Uno rosa y el otro amarillo. Los vi en la tienda y no lo pensé dos veces, quería hacer felices a las reinas de mi vida y parece ser que el Tito Pablo lo ha conseguido un año más. Todos los años les regalo cosas que no se esperan, ya que esos detalles son los más bonitos que hay, y me da la sensación de que cada año les va gustando más y más.
Ese momento en que el salón está lleno de envoltorios de regalo, y ellas no saben con qué juguete empezar a disfrutar del día, es un momento mágico para mí. Sus ojos brillan de felicidad, están radiantes, más bonitas que nunca, disfrutando de todos y cada uno de los regalos, enseñándose los regalos la una a la otra, alucinando en colores.
Entre todos hemos ayudado a poner la mesa; nos hemos sentado y hemos empeazdo a desayunar. Las caras de las peques reflejaban felicidad absoluta y eso hace que yo sienta una felicidad interna difícil de expresar con palabras. Estaban sentadas la una al lado de la otra, disfrutando del chocolate calentito que les ha hecho la abuela, ensuciándose los morritos por la velocidad en que se lo beben.
Recuerdo la tarde anterior, la tarde de la cabalgata, las calles de mi Málaga se llenan de ilusión, todos los niños impacientes por ver a los Reyes Magos, felicidad y nervios son el fiel reflejo de sus emociones ese día. Todos saltando, gritando, felices. Poco a poco comienzan a desfilar ante sus ojos Sus Majestades y la alegría de los más pequeños se dispara y con ella, la de los adultos que viven con más ilusión, si cabe, este momento mágico para todos los niños. Todos los pequeños se mueven de un lado para otro, corriendo, para coger la mayor cantidad de chucherías.
Es en este momento cuando mi mente viaja atrás en el tiempo, vienen a mi memoria recuerdos de mi infancia y de mi adolescencia no tan lejana. Recuerdo cómo de chicuelo, esa tarde, la tarde del 5 de enero, era una de las más esperadas. Mis hermanos y yo nos colocábamos delante para poder coger el mayor número de caramelos posible. Recuerdo los nervios cuando se aproximaba el desfile hasta donde nos encontrábamos. Recuerdo esos momento y no puedo evitar dibujar una sonrisa en mi cara. Una sonrisa que también refleja una pizca de melancolía al recordar la felciidad que vivía cada tarde, cada año.
Como no, también recuerdo con añoranza esas noches de cada 5 de enero, nada más cenar nos íbamos todos a la cama, era una noche en la que apenas podíamos conciliar el sueño, y deseábamos con todas nuestras fuerzas que el sol hiciera acto de presencia. Teníamos ganas de chasquear los dedos y que se hiciera de día para disfrutar de los regalos, descubrir qué nos habían traído los Reyes. Pero ese momento de dormir era imposible, lo pasábamos pensando en qué íbamos a desenvolver a la mañana siguiente.
Llegaba el esperado momento, se hacía de día y tras levantarnos rápidamente de la cama, corríamos en dirección al salón. Los regalos bajo el árbol, cada uno con el nombre para quien pertenecía... Nuestras caras de ilusión y de felicidad al encontrar debajo del envoltorio nuestros deseos convertidos en regalos para mis hermanos y para mí. Salíamos a la calle a disfrutar de los regalos y compartirlos con los amigos, después de desayunar lo que hoy hemos desayunado y todos los años hacemos este día.
Los recuerdos más recientes son los de cuando tenía unos quince años. Mis padres me decían que fuera con ellos a la Cabalgata el 5 de Enero, pero yo me negaba, por la única razón de que yo quería asistir allí con aquella chica que mencioné el otro día; aquella chica que me tenía robado el corazón, el alma y todo el sentimiento relacionado con el amor. Me había enamorado locamente de ella, y eso es muy difícil de olvidar, ya que, creo, que aquél fue el primer amor que viví. Es verdad que he tenido más relaciones anteriores, pero ella fue la que me dejó marcado, con la que pasé momentos increíbles en la playa, en fiestas, en Navidades, en los días de nieve, cada día del tiempo que estuvimos juntos.
Como decía, la Cabalgata de aquél año fue inolvidable yo creo. Le pedí que fuese conmigo, para que pudiéramos disfrutar de nuestra faceta infantil juntos. Es verdad que ya éramos quinceañeros, pero eso no quitaba que todavía tuviéramos la ilusión que sentíamos de chiquillos.
Aquella rubia, mi rubia en aquél momento, fue la que me hizo disfrutar de aquella tarde fría del 2005, el 5 de enero del 2005, y la que me hace recordar aún aquél beso cálido que me volvió loco, cuando la acompañé a su casa después de haber asistido a ver a Sus Majestades. Había pasado una tarde increíblemente especial junto a ella, pero, el momento en el que sentí aquél beso fue todavía mejor. Recuerdo cómo entrelazamos los dedos de las manos frías, tímidamente, como dos muchachos enamorados locamente, pero todavía con miedo de cometer algún error. Agarrados de la mano paseamos hasta llegar a su casa aquél atardecer; aquella tarde en la que supe que ella tenía que ser la mujer de mi vida, y con la que sigo soñando muchas noches.
Ayer a la tarde, después de la Cabalgata, pasé por delante de su casa y no, no pude evitar quedarme abobado mirándola, recordando aquél beso que me llevó a la gloria en aquél momento. Un beso que quisiera que se repitiera una y otra vez.